décimo sexto desahogo utópico

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Le dijeron: “tómate tu tiempo hasta que nazcas y observa. Verás a través de esta ventana a todas las mujeres que habitarán la tierra cuando la habites tú”. Y así pudo contemplarlas durante una eternidad. Le habían dicho: “tranquilo, al nacer, recordarás a cada una de las elegidas y así sabrás distinguirlas de entre el resto, cuando seas humano”. Así que no se preocupó en decidir entonces y observó atento, entregándose a ellas.


Al otro lado de la ventana millones de almas de mujer contemplaban. Veían ojos. También podían saber qué buscaban porque a través de cada mirada veían colores, uno distinto en cada par.


Luis nació sin reconocer a quien era su madre.


Cuando cumplió catorce años humanos recordó otra sabia enseñanza, le habían dicho: “al elegir la primera irás olvidándote del resto”.


Decidió pronto, fascinado por el envoltorio del que habían sido dotado las mujeres, huir de aquéllas que recordaba pues no quería probar sólo una.


Y así probó muchas, aquellas que gustaban de su color y que creyeron en algún momento poder hacerlo eternamente suyo, y que aún entusiasmadas con él contemplaron como perdía su brillo, poco a poco.


Hasta morir, solo.


Y he aquí que al final de este sueño, al volver a su origen, otros muchos de aquellos que habían elegido sabiamente le envidiaron; porque él ahora las recordaba a todas: las que hubo elegido y no tuvo y las que le eligieron a él.
No en vano sabían que durante su tiempo planetario había sido imposible conocer seres más bellos.


Asesinaron entonces a los sabios y muchos cambiaron el color de sus pupilas.

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