Sexagésimo séptimo desahogo, el del insomnio

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Camino bajo la tempestad que trajo la calma
sin excesos, que a penas me conozco:
decenas... cientos... miles... ¿decenas de miles? de horas para morir, tal vez, o más
o sea: otras tantas por vivir, para reir, o llorar.

Azotan mi rostro gotas de lluvia perdidas
no causan dolor, cuando el dolor ya pasó:
el viento que las guió es el mismo que se las lleva evaporadas, que no las deja permanecer en mí
aunque ellas no quieran, ni yo; por más que roguemos: ellas y yo.

Tiembla mi piel bajo el abrigo transparente
por frío, o porque sí:
como el cutis de un niño imberbe primero... pero hoy que es ayer y mañana también, abrigan las arrugas
asi qué: sean bienvenidas y que lleguen más pero más despacio, por favor.

Encuentro cobijo en un hostal que tenía olvidado
prefiero, sin embargo, seguir a la interperie:
el calor del hogar es un recuerdo lejano, el frio sufrible me obliga a seguir mis pasos
a ver cuándo: bajo la calma que dicen que trae: la tempestad.

Y es que: para poder morir hay que vivir primero.

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